Manuel Irujo Ollo (Lizarra, 1891 – Iruña, 1981)

Voy a relatar de un hombre al que conocí, traté, quise y admiré y cuya biografía escribí y publicó la Fundación Sabino Arana. De un hombre cuyo sobrino, Pello Irujo, fue mi esposo, padre de mis cuatro hijos y abuelo de mis once nietos. Llevan apellido Irujo y de eso me he sentido orgullosa porque fue hombre y los fueron todos los de su familia, de prédica política humanista. Hombre de paz aun en la guerra y fundamento nacionalista vasco en momentos de derrota.

 

Manuel de Irujo en Lizarra. Fuente: Noticias de Navarra.

Lo nombramos en esta casa de Errikotxiki de Eguesibar a la que vino tantas veces desde su retorno a Euskadi, como si aun gozáramos de su presencia, escucháramos su resonante voz, nos iluminara su amplia sonrisa, nos alumbrara su sabiduría política, sintiendo el reclamo de su urgencia por una Europa de los pueblos donde los siete pueblos vascos que conformamos Euskadi, tuviera asentamiento, anteponiendo la paz y el diálogo ante cualquier enfrentamiento armado.

Lo conocí por primera vez en Montevideo, en una de las visitas que realizó para contactar con la comunidad vasca de Uruguay. Le entregué un racimo de rojos bucarés, cuando descendió de la escalinata del avión bimotor que lo trajo de Europa, con su gabán y sombrero. Me lo agradeció llamándome moceta, término con el que en Lizarra denominan a los jóvenes. Creo que fue una premonición porque pocos años después, en Venezuela, nos volvimos a ver y yo formaba parte de la vida de su sobrino Pello. En el año 1969 permaneció en Caracas para cuidar de la enfermedad y muerte de su hermano Juan Ignacio, la relación se hizo estrecha. Caminábamos los fines de semana por aquel lugar encantado del Junko donde vivíamos, cantábamos en las comidas de reunión familiar, veía crecer a la tercera generación Irujo aunque en tierra extranjera.

Y en los días iba a la sede de Radio Euzkadi en el edificio La Sierra, Caracas, para grabar sus mensajes a la Euskadi Interior y al mundo, con alientos de esperanza, dando al tono de su voz fuerza para la tarea de reconstrucción que significaba Euskadi desde las cenizas de su guerra, que fue civil, y el desconcierto de su personalidad brutalmente aplastada por el poder franquista. Creía en el poder de las Ikastolas, emocionado presenció la del Centro Vasco de Caracas, y las que se iban alzando cual baluartes en la geografía del país. La de Lizarra, inaugurada el día de San Miguel de 1970, lo lleno de especial alborozo.

Lo visitábamos en París, en la pequeña pensión donde habitaba cual un monje, porque así vivió los años de su destierro, ajeno a toda reclamación monetaria, desdeñando cualquier lujo, manteniendo su viudedad tal como lo juro ante el cuerpo sin vida de su mujer, Amelia Pozueta, fallecida en la pandemia del 18. Irujo cuando daba su palabra la cumplía a rajatabla. Sobrellevó los años de soledad personal de su Exilio, como una carga más añadida a sus anchos hombros.

Cuando se habló y contaba 86 años, de su retorno a Euskadi, en una operación atrevida que encabezaba su sobrino Pello, se resignó a subirse a una avioneta de cuatro plazas que sobrevoló los cielos de Biarritz, Ondarribia aterrizando en Noain la tarde de aquel marzo de gracia de 1977. Contra todos los pronósticos, una multitud desbordó las carreteras de Nabarra y se adelanto a saludar al León de Nabarra. Quien vivió aquella jornada no la olvidará jamás. Antes de partir de Donibane Lehitzun nos tocó una pieza en el piano de la posada… para que no olvidáramos que no solo era hombre de palabra y política, sino que llevaba en el torrente de sus venas la sonoridad y el esplendor de la música vasca. Hablaba y actuaba al compás del Agur Jaunak.

Sus años de actividad parlamentaria fueron formidables, en su juventud y vejez, primero como diputado de Nabarra y Gipuzkoa, Siempre militante de PNV/EAJ, redactó junto a José Antonio Agirre sus Estatutos en los años 30, para adecuar la actividad del partido a las nuevas oportunidades políticas que confería la 2º República, nacida un 14 de abril de 1931, tras la la dictadura de Primo de Rivera, siendo Ministro con cartera de Justicia y sin cartera, de esa 2º República. Repetía: Fui el precio del Estatuto, pues se pactó con su partido que fuera ministro en Madrid, para lavar la cara roja y extremista de la nueva República ya que era reconocido su talante religioso y su prédica nacionalista pero conciliadora mas allá de las fronteras del Estado español. A cambio se nos concedió el Estatuto Vasco, cuatro años varado en las Cortes de Madrid. Le sirvió ese escalafón para luchar por humanizar la guerra. SE ACABARON LOS PASEOS tremoló en las trincheras de Madrid, exponiendo su vida y trabajó en el Canje de prisioneros colaborando con la Cruz Roja, salvando a muchos de muerte cierta, aunque no a todos como quería.

Fue Presidente del Consejo General Vasco, en Londres, 1941, en la Europa en guerra y con el Lehendakari Agirre desaparecido, para darnos cobertura legal como pueblo, y luego Consejero Jurídico del Gobierno Vasco en el largo exilio de cuarenta años en París, a más de numerosos cargos en Comisiones en aquella Europa de pueblos que se intentaba construir.

Trabajador incansable, hablaba y escribía con claridad, exhibiendo un mensaje directo y combinándolo con una argumentación precisa y extensa. Autor de cinco libros entre ellos para mi el preferido Instituciones Jurídicas vascas, publicado por Ekin de Buenos Aires, 1945 y de mas de mil artículos en la prensa de su tiempo, fue redactor infatigable de cartas, incansable orador en las campañas de Euskadi antes de la guerra civil, y en los años que remontábamos una nueva forma de cohesión política vasca. Lloró, como lo hizo en su juventud frente al Teatro Gayarre donde se rompió con mala saña el Estatuto Vasco-Navarro, la esperanza de reunión vasca desde la pérdida del reino de Nabarra, y el alejamiento de Nabarra del cuerpo vasco que ensayábamos, con el nuevo Estatuto de Gernika, pero optimista nos lanzaba mensajes de una futura reunión de los siete pueblos vascos porque era imperativo natural.

En la madrugaba del Año nuevo de 1981 Manuel Irujo, el patriarca de la política vasca, nos dejó. Había sufrido un hictus y caminaba a los cien años. Dejó el país mejor de lo que lo encontró. Y después del tránsito por el desierto de su derrota y exilio, en sus mitines finales nos abría los largos brazos de su fuerte cuerpo para abrazarnos al modo en que Sabino Arana, lo hizo en su niñez cuando correteaba en su huerta de Abando, para impregnarnos del recuerdo del dirigente que prendió la luz de nuestro reconocimiento nacional y del que fue abogado defensor su padre Daniel con su apasionante Defensa de un patriota. Y repetía en familia y en mitines, en su corazón ardiente y en sus labios fluidos, la frase que refleja una política y un veredicto: Mi única Constitución es Gora Euskadi Askatuta.

Arantzazu Ametzaga Iribarren. Bibliotecaria y escritora.

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