Manuel Irujo Ollo, un hombre de paz

Corría marzo del año 1977, dos años después de la muerte del dictador Franco. Yo vivía en el barrio de San Juan-Donibane, y ese día estaba con mis amigos correteando en una plaza (entonces en Iruñea, como ese pueblo grande que era, los niños y niñas nos criábamos en la calle), cuando vimos una multitud de personas que entraban en el pabellón Anaitasuna.

La curiosidad nos pudo y entramos en un pabellón abarrotado que se vino abajo cuando un hombre de edad avanzada, pero con todo el vigor y la fuerza del líder, comenzó a hablar ante 6.000 enfervorizados seguidores que aplaudieron su discurso durante 40 segundos.

Ese hombre era Manuel Irujo Ollo, que, con un vigor excepcional a sus 85 años, fue la figura de la clausura de la Asamblea del PNV. Una intervención en la que abogó por la idea de unidad del partido, “abierto a todos los vascos que sientan en vasco”.

Manuel Irujo Ollo, diputado foral por Navarra, diputado a Cortes por Gipuzkoa, ministro de Justicia y sin cartera de los gobiernos de Largo Caballero y Negrin, presidente del Consejo Nacional Vasco, pero también navarro, orgullosos de sus orígenes y por ende vasco, escritor, músico, historiador, aitona, humanista. Una persona que hacía pocos días había llegado al aeropuerto de Noain-Pamplona, en una avioneta pronunciando esa frase ya mítica “40 años de exilio os contemplan».

Porque Manuel Irujo estuvo alejado más de 40 años de esa tierra que tanto quería. Pero su vida fue intensa, fecunda, apasionante. Una vida que corre paralela a la historia del País Vasco, de Europa, del mundo que vivió convulsas décadas durante el siglo XX.

Nació en Lizarra en 1891. Y esos orígenes nunca olvidó a pesa de esa separación forzosa a la que le obligó el régimen dictatorial franquista.

De Manuel Irujo Ollo se puede hablar desde muchas perspectivas porque son muchas las facetas en las que este hombre humanista, nacionalista, brilló. Un hombre en muchas ocasiones adelantado a sus tiempos como cuando esgrimió su carácter de europeísta convencido.

Pero me centraré en dos, por ser ámbitos ambos, la paz y la convivencia, y el euskera en los que como Consejera de Relaciones Ciudadanas llevo trabajando en los últimos cinco años.

Si algo destaca de Manuel Irujo es su profundo vasquismo como navarro que era y por ello su amor por el euskera. Y, por otra parte, la etiqueta que Manuel Irujo obtuvo como un hombre de paz. Porque Manuel Irujo supo llevar su concepción no violenta y humanista de la vida a la política, en tiempos muy difíciles que desembocaron en un golpe militar y en una guerra fratricida.

Manuel Irujo como ministro de Justicia, trató de humanizar la política, anteponiendo siempre la legalidad y los derechos humanos cuando aún no se hablaba de ellos. Votando siempre en contra de la pena de muerte, tratando de legislar en favor del más débil, regularizando el culto religioso, allí donde pudo, Y no lo tuvo fácil. Su madre, su hija, dos hermanas, su hermano menor y una

cuñada fueron encarcelados en Pamplona por los militares sublevados. Afortunadamente todos pudieron ser canjeados.

Irujo, como el resto de su generación, tuvieron que enfrentarse a una guerra cuando eran gente de paz. “Éramos gente con anhelos de justicia social canalizada en una norma jurídica que sea contenido de un régimen de derecho…”, decía en una entrevista.

Manuel Irujo es de esas personas excepcionales que, en situaciones de crisis, de violencia desatada como a él le tocó vivir, saben sacar lo mejor de sí mismo para ponerse al servicio de los demás, en la defensa de la vida humana, de sus derechos y las leyes por encima otra cosa. Irujo vivió la guerra, la sufrió, pero nunca se arredró en la defensa de sus ideales. Porque sus principios humanistas daban el máximo valor a la vida humana, y porque su profunda formación jurídica se rebelaba contra aquella ausencia de un régimen de Derecho.

Irujo es el negociador que conocedor de que la munición de los que rodean el cuartel de Loiola está prácticamente agotada, consigue la rendición de los cuarteles en una negociación en la que como resume el teniente coronel faccioso Vallespín, “el ratón impone condiciones al gato”.

“El incumplimiento o la trasgresión de la moral y la ley por el prójimo no excusan el incumplimiento o la trasgresión por uno mismo. Yo tenía el deber misterioso de salvar vidas humanas” decía en su vuelta al País Vasco. “Lo cumplí, sin otro límite que el de ser fiel al régimen que servía. No pocos republicanos, y entre ellos no pocos vascos deben la vida a canjes. Y para lograrlos había que ofrecer en el cambio seres vivos, no cadáveres”.

Trabajó también intensamente para evitar los desmanes que la sublevación militar había provocado en el campo republicano, logrando reconducir el poder judicial. En la reorganización del gobierno del 17 de mayo de 1937 fue designado Ministro de Justicia, tarea en la que trabajó hasta el 10 de diciembre, fecha en que dimitió en protesta contra la insuficiencia de garantías de la independencia de los tribunales. Cuando llega el momento en que se pone en juego su sentido de la rectitud moral no aceptaba injusticias.

Tendrían que pasar muchas décadas cuando en 2015 el Gobierno de Navarra, presidido por otra mujer nacionalista, de fuertes convicciones, valiente, Uxue Barkos, incluyera las políticas de paz y de respeto a los derechos humanos como uno de los ejes de su acción política.

Junto a esa visión pacifista y humanista, no podemos olvidar el gran amor y el trabajo intenso que Manuel Irujo realizó por la cultura vasca y especialmente por la lingua navarrorum, por el euskera. Porque Manuel Irujo afirmó siempre que, por su condición de navarro, se sentía vasco y por ello defensor de esa lengua milenaria.

En su vuelta a su Lizarra natal en 1977, entre otras visitas realizó una a la Ikastola que había surgido por la iniciativa de grupo de padres y madres que querían que sus hijos se educarán en nuestra lengua. Recibido por un grupo de txistularis txikis, señaló: “hay momentos para hablar y momentos para sentir. Este es un momento para sentir”. En una entrevista posterior reconocería que su mayor emoción en el regreso a Navarra fue la visita a esas ikastolas que ya habían surgido por varias localidades de Navarra. Hoy parte de su fondo lo podemos encontrar en la primera ikastola que nació en Navarra, la Ikastola San Fermín.

Como impulsor y defensor de la cultura vasca y de euskera, es imprescindible su papel de fundador, junto con su hermano y otros exiliados vascos de la Editorial Vasca Ekin en Buenos Aires (Argentina). Una editorial referente tanto por su longevidad, como porque consiguió mantener su actividad, por encima de los condicionamientos económicos, durante las cuatro largas décadas que duró la dictadura franquista en España.

Editorial que publicó numerosos libros en euskera y más de cien obras, que reflejan una gran variedad de temas que abarcan la historia, la literatura, el folclore o el ensayo político en un periodo, el régimen totalitario franquista, que pretendió hacer desaparecer el euskera y la cultura vasca. Ahí Manuel Irujo y los cofundadores de la Editorial Vasca Ekin decidieron enarbolar esa bandera y durante muchas décadas Ekin fue la editorial de referencia de los vascos, además del interesante “Boletín del Instituto Americano de Estudios Vascos”, que ha seguido publicándose con regularidad hasta fechas muy recientes.

Manuel Irujo Ollo, un hombre de paz marcado por la guerra. Un navarro y por ende vasco, comprometido con su pueblo, defensor de su cultura y del euskera. Un europeísta. Un hombre excepcional

Ana Ollo Hualde. Consejera de Relaciones Ciudadanas/Herritarrekiko Harremanatako Kontseilaria.

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