Pensar en Roncesvalles

Cualquier lector podrá reconocer que en algún momento ha escuchado, visto o leído, la denominación “Reino de Navarra”. Este simple hecho presente, por ejemplo, en algunas trasmisiones televisivas guarda un simbolismo de gran peso que hunde sus raíces en el tiempo y se proyecta como un elemento político e ideológico. Si bien la cuestión de un Reino o gobierno monárquico está presente, esto no configura un hecho relevante en sí mismo, sino que dicha titulación es central como el reconocimiento de una organización política que dominaría un territorio determinado durante un período de tiempo relevante como para ser todavía recordado en la actualidad.

Estatua de Eneko Aritza (770-852), primer Rey de Pamplona

Estatua de Eneko Aritza (770-852), primer Rey de Pamplona

La existencia de una formación estatal (obviamente no podremos hablar de Estado en su sentido moderno) es para aquellos que reivindican el nacionalismo vasco prueba suficiente para refutar a los defensores de la unidad española, ya que le otorga a la nacionalidad un rasgo institucional, cuyas fronteras abarcarían (en determinados períodos) una extensión territorial similar a la del conjunto de los siete herrialdes, o territorios históricos vascos. Al universo ideológico abertzale se le contraponen, en éste caso, no sólo el nacionalismo español, de izquierda y derechas, sino también aquellos que propugnan una defensa regional específica navarra, frente al resto de Euskal Herria.

Sirvan aclaraciones antes de avanzar; desde su incipiente creación en el siglo IX hasta su derrota y conquista definitiva por parte de los castellanos (en 1512), la extensión territorial dinámica y cambiante del Reino de Pamplona (luego de Navarra), supuso que en muchos casos se incluyera en él a pueblos no-vascos y en contraposición, haya habido vascos fuera de su dominio. Las fronteras, así como los tipos de gobierno, fueron modificándose bajo el influjo que supuso la presencia musulmana y carolingia en un primer momento y luego, la expansión de otras coronas en la península ibérica en el proceso de “Reconquista”.

Al rasgo estatal puede adicionársele el aspecto lingüístico, cuya presencia refuerza los aspectos diferenciales al plasmar una unidad cultural en los territorios donde la “lingua navarrorum” (denominación para el euskara presente en fuentes escritas) era hablada. Investigaciones recientes afirman que a pesar de no ser una lengua administrativa o de élites, el euskera era utilizado y conocido por miembros de la corte navarra1, a pesar de que nunca sería utilizado oficialmente. Mientras la mayoría de la población cuya lengua materna era el euskara sólo la utilizaba de forma oral, ya que era analfabeta, los estamentos letrados, escribían y se comunicaban utilizando otros idiomas, como el latín, el romance navarro y finalmente el castellano. La lengua vasca tendría que coexistir con esas dualidades hasta la actualidad.

El devenir político ha marcado una existencia en tensión permanente para Navarra. Como decíamos anteriormente, primero entre carolingios y musulmanes, luego frente a monarquías ibéricas y francas, hasta el fin de su vida como entidad independiente poco más de cinco siglos atrás (a pesar del mantenimiento de las instituciones de antiguo régimen bajo la forma de Fueros). No han faltado tampoco las luchas internas por el poder y la presencia de parcialidades que desgastarían el poder local. A riesgo de caer en una anacronía -por ello este aviso- facciones contrarias o aliadas a poderes externos que existieron siglos atrás (tal es el caso de beamonteses y agramonteses2) seguirían encontrando en la modernidad su correlato político.

Logo de la Asociación Euskara de Navarra, fundada en 1887

Logo de la Asociación Euskara de Navarra, fundada en 1887

La persistencia en el tiempo de una forma de gobierno subordinada no ha menguado o hecho desaparecer en el imaginario, igualmente, la idea de que no existe una unidad entre “conquistados” y “conquistadores” de antaño, aunque no es ésta una visión que alcance a la totalidad de los actores. Sobre todo desde siglo XIX, entre conflictos bélicos y el impulso al ideal nacional de tinte romanticista, esa idea se hace orgánica y patente en el nacimiento de instituciones y partidos. El resultado de las Guerras Carlistas3 y la instauración de la Ley Paccionada4 (en 1841), terminaría plasmándose en las primeras ideas de defensa de los intereses particulares frente al régimen de corte liberal, visibles, por ejemplo, en la creación de la Sociedad Euskara de Navarra y en movimientos de protesta como la Gamazada5.

Ya entrado el siglo XX, con el fin de la dictadura de Primo de Rivera y la instauración de la Republica se daría inicio a procesos de creación de figuras legales novedosas para sustituir a los cuerpos políticos muertos que eran los regímenes forales. Diversos elementos se conjugarían, sin embargo, para dar por tierra los proyectos de Estatuto de Autonomía (al de Estella de 1931 le seguiría el de las Gestoras un año después) del cual participaban Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa. La oposición de los socialistas españoles a la cuestión religiosa y la de los carlistas al proyecto reformado por ella, sentenció la exclusión de Navarra en el Estatuto que sería finalmente aprobado a mediados de 1936. El estallido de la guerra no haría sino exacerbar la división implantada entre los territorios, que continuó durante la dictadura de Franco y al retorno de la democracia, dando como resultado la existencia de dos autonomías, la Comunidad Autónoma Vasca o CAV (formada por Araba, Gipuzkoa y Bizkaia) y la Comunidad Foral de Navarra. El hecho de que Navarra no haya perdido su status Foral durante el franquismo, logrando luego un “Amejoramiento”, sumado a la negativa de partidos navarristas (no abertzales) a sumarse al proyecto de estatuto vasco no quitó, sin embargo, la posibilidad de unir los territorios, explicitado en la “Disposición Transitoria Cuarta” del texto constitucional de 1978, la cual prevé la posibilidad de una futura incorporación Navarra junto a los otros tres herrialdes de Hegoalde.

La actualidad dicta que la unión de los territorios queda como proyecto político futuro y posee diferentes vías de concreción. Debido a su complejidad, se visualizan posibilidades brindadas por espacios supranacionales capaces de superar las divisiones administrativas vigentes; en tal sentido actúa la adhesión de Navarra a la Eurorregión CAV-Aquitania (dentro de la cual se encuentran los herrialdes de Iparralde: Lapurdi, Nafarroa Behera y Zuberoa), a partir de la cual es posible viabilizar proyectos económicos, culturales y lingüísticos en conjunto.

El Arrano Beltza o Águila Negra, sello de Sancho VII

El Arrano Beltza o Águila Negra, sello de Sancho VII

Pensar en Orreaga-Rocenvalles, Amaiur o el Arrano Beltza7, entre otros, significa hoy en día la transformación de hitos históricos en mitos políticos, plausibles de rescatar un pasado para analizar el presente y pensar un futuro, donde lo que fue (o al menos una parte) puede volver a ser.

Ignacio J. Lardizabal

Notas:

  1. Ver por ejemplo: CASABES HITA, LOLA, “Euskera en la Corte de Carlos III” En Noticias de Guipúzcoa 27-12-2015.
  2. Estos dos grupos dividieron sus apoyos a la corona de Aragón unos y otros a la de Castilla según las coyunturas. El accionar de estas parcialidades propició, en parte, la incursión castellana sobre Navarra.
  3. Serie de conflictos por la sucesión dinástica que enfrentó a liberales y carlistas. Su finalización marcó la desaparición de los regímenes forales.
  4. Ley de 1841 por la cual, en resumidas palabras, se clausura el régimen foral para dar paso a cambios administrativos, transformando a Navarra en una provincia, con el mantenimiento de particularidades en lo económico y político.
  5. Movimiento de protesta en contra de las modificaciones a nivel fiscal que intentaba aplicar el Ministro de Hacienda español German Gamazo. Reivindicaba a su vez el disuelto régimen foral.
  6. Orreaga-Rocenvalles refiere a la supuesta victoria de los vascones sobre la retaguardia de Carlomagno. El último acto de resistencia en el intento de reconquista de Navarra hacia 1522 se daría en el Castillo de Amaiur, o Amaiurko Gaztelua. Arrano Beltza o Águila Negra (o Real) sería el emblema usado por Sancho VII de Navarra, entendido posteriormente como símbolo del Reino de Navarra.
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