Pasado y presente vasco

Resido en Altzuza, Eguesibar, desde 1972. Llegamos de Venezuela a esta Nabarra natal de mi esposo, Pello Irujo, con nuestros tres primeros hijos. El objetivo era que Xabier, el mayor, hoy codirector del Center of Basque Studies de la Universidad de Reno y autor de varios libros, entrara con 5 años en una ikastola para recuperar la lengua natal y una cultura arrebatadas no solo en una guerra sino en el transcurrir de los siglos. Lo conseguimos pues pudieron estudiar los tres y el cuarto que nos llegó en Iruña, en la Ikastola San Fermín. Nuestro hijo Pello, economista, ha sido Lehendakari de la Federación de Ikastolas. Nuestros once nietos son euskaldunes y estudian en el mismo Centro.

Arantzazu Ametzaga Iribarren, autora del articulo y ganadora del premio Manuel de Irujo en 2016. Fuente: Euskal Kultura

Arantzazu Ametzaga Iribarren, autora del articulo y ganadora del premio Manuel de Irujo en 2016. Fuente: Euskal Kultura

En la Nabarra de entonces resultaba peligroso decantarse como nacionalista, mucho más con la pena de expulsión del Estado Español que Pello ostentaba desde el Aberri Eguna de Iruña de 1967, en el que actuó en la organización y fue preso, y que burlaba pidiendo visas de tres meses en el Consulado de Caracas. Decir Agur te marcaba tal como si el decreto que se lanzo en Lizarra tras ganar la guerra los militares golpistas, estuviese vigente. Pero en aquellos años se fueron dando pasos cruciales con el arranque democrático: la llegada de don Manuel Irujo, el viejo león exiliado, a la multitudinaria Noain; la reorganización del viejo Partido nacionalista hundido en el mundo subterráneo de la clandestinidad y su Asamblea pública en el Amaya de Iruña; la celebración del milenario de la batalla de Orreaga… las nuevas amistades, las campañas electorales y hasta el primer Olentzero, inocua festividad navideña,  en el que tuvimos que escondernos en un portal para cobijar a nuestro hijo Mikel (hoy Delegado de Navarra en Bruselas) de las pelotas de goma de la policía.  Tratábamos, de forma pacífica, de romper el dique de contención de la severidad represiva, del dolor y espanto que nos causaba el terrorismo del Estado y ETA. Transcurríamos por la vigilia de funerales continuos que menguaban el alborozo del arribo del tiempo democrático tras la negrura de la noche franquista. Pero teníamos esperanza. Y hemos recibido con alegría esta primavera en Nabarra con el gobierno de Uxue Barkos, una reparación a tanto padecimiento e incertidumbre. El futuro, que es casi presente, discurre prometedor en esta concordancia de los pueblos vascos, reafirmada con la creación en Iparralde de una mancomunidad vasca. Parece que el viejo sueño de tantas generaciones se perfila. Que ser vasco empieza a ser un sentimiento universal que no solo abarca el Pirineo (para el reino de Nabarra fue paso franco que no barrera) sino que hermana a los vascos de una parte y otra del Atlántico, con esta vivencia milagrosa de las redes informáticas. Con el impulso de las Eusko Etxea allí creadas y mantenidas con este afán vasco de pervivencia.

Estoy en el día de mi cumpleaños. Nací en la cálida Buenos Aires de hace 74 años. Mis padres, exiliados de Euskadi por la guerra civil, emprendieron un periplo desde la salida del buque ALSINA de Marsella, enero de 1941, hasta arribar al puerto de Buenos Aires, abril de 1942, tras ser internados en campos de concentración y abordar tres barcos para cumplir su periplo de exilio. Llegaban a una república que les abría sus puertas, gracias al decreto del presidente Ortiz Lizardi,  ampliado por el presidente Castillo, siendo recibidos en puerto por el gobernador de Buenos Aires y el presidente del Laurak Bat. A toque de txistu y tamboril.

Era una bienvenida excepcional a un pueblo que, caso único en la Europa militarista de sui tiempo, luchó por la Libertad. Un reconocimiento al buen hacer de sus antepasados, devenidos a las orillas del Plata, el Parana Guazu de los indios primigenios, a finales del S. XIX, a causa de unas guerras en las que lucharon por sus derechos políticos y perdieron, lo que procuró su expatriación. No solo supieron rehacer sus vidas con honor y compostura en tierra argentina, sino que lograron hacerse respetar con aquel dicho que escuche pequeña repetir en torno mío: Palabra de vasco.

Arantzazu Ametzaga Iribarren (Buenos Aires, 1943). Bibliotecaria y escritora.

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